Alaric Morvain
Alaric nació como único hijo y heredero de Valerian Morvain, señor de una de las casas condales más poderosas del reino. Desde niño estuvo acostumbrado a recibir cuanto deseaba, sin apenas conocer los límites ni las consecuencias de sus actos. Creció rodeado de lujos, sirvientes y personas dispuestas a satisfacer sus caprichos, hasta desarrollar la convicción de que su posición lo situaba por encima de cualquiera que no compartiera su sangre o su título.
Sin embargo, la riqueza y los privilegios no fueron lo único que marcó su infancia. Valerian, siempre absorbido por los asuntos políticos y las obligaciones de su casa, apenas dedicó tiempo a la crianza de su hijo. En su lugar, delegó su cuidado en las doncellas del castillo, mujeres encargadas de atender sus necesidades mientras su padre se ocupaba de preservar y aumentar el poder de los Morvain. Alaric creció, por tanto, sin una figura de autoridad verdaderamente presente que le enseñara el valor de la responsabilidad, el respeto o la empatía.
Con los años, aquella combinación de indulgencia y abandono terminó por moldear su carácter. Alaric aprendió a confundir la obediencia con el respeto y el miedo con la sumisión. Para él, las doncellas no eran mujeres con voluntad propia, sino sirvientas cuya posición las obligaba a complacerlo. Se acostumbró a tratar sus atenciones como un derecho y a recurrir a las amenazas cuando alguna se atrevía a rechazar sus deseos. La autoridad que su apellido le concedía se convirtió en una herramienta para satisfacer sus caprichos, convencido de que nadie se atrevería a exigirle cuentas.
Ya adulto, Alaric es un noble arrogante, orgulloso de su linaje y convencido de que el mundo está hecho para quienes, como él, nacieron en la posición adecuada. Mira por encima del hombro a quienes considera inferiores y espera que su presencia baste para imponer obediencia. Su futuro parece trazado de antemano: algún día heredará el poder, las riquezas y la influencia de Valerian Morvain, y con ellos una posición desde la que podrá ejercer su voluntad sin temor a las consecuencias.
Pero el destino rara vez respeta los planes de quienes se creen intocables. Lo que Alaric ignora es que un paseo por el mercado de Ravenscar está a punto de alterar el rumbo de su vida.
«Hay hombres que nacen para servir y hombres que nacen para ser servidos. La desgracia es que los primeros rara vez conocen su lugar»
