Darius Grimwall
Darius apenas había cumplido nueve años cuando un brote de viruela le arrebató a sus padres y lo dejó solo en las calles de Ravenscar junto a su hermano pequeño, Kaldus, de apenas seis años. De un día para otro, dejó de ser un niño para convertirse en el único responsable de mantenerlos a ambos con vida. Nadie iba a acudir en su ayuda, nadie iba a ofrecerle un techo y nadie iba a preocuparse por si dos huérfanos conseguían comer aquella noche. Si quería que su hermano sobreviviera, tendría que hacerse cargo de él. Y eso fue exactamente lo que hizo.
Las calles se convirtieron en su hogar y la supervivencia, en su única obligación. Mendigaba, robaba y aceptaba cualquier trabajo que pudiera proporcionarles unas monedas, sin importar lo peligroso o humillante que resultara. Su refugio no era más que una esquina de un callejón sin salida, unas cuantas mantas viejas y la compañía de los gatos callejeros. Darius aprendió pronto que la compasión era un lujo que pocos podían permitirse y que mostrar debilidad ante la persona equivocada podía costarte mucho más que unas monedas.
Durante aquellos años, fue siempre él quien daba la cara cuando las cosas se torcían. Si alguien los descubría robando, si un matón exigía el poco dinero que habían conseguido reunir o si una disputa terminaba en violencia, Darius se interponía entre el peligro y su hermano. Recibió palizas que ningún niño debería soportar, volvió a su rincón con el cuerpo magullado y aprendió a tragarse el dolor porque Kaldus dependía de él. No podía permitirse caer, no podía permitirse dudar y, sobre todo, no podía permitirse que el miedo decidiera por él.
Aquel infierno terminó moldeando su carácter. La impotencia de aquellos primeros años se transformó en una necesidad casi obsesiva de mantener el control sobre todo cuanto lo rodeaba. Darius se volvió frío, severo y radical en su manera de entender el mundo. Donde otros veían circunstancias desafortunadas, él veía decisiones y consecuencias; donde otros buscaban excusas, él exigía responsabilidad. Había aprendido demasiado pronto que las buenas intenciones no llenaban estómagos ni detenían los golpes. Para sobrevivir, necesitaba ser más fuerte que quienes intentaban doblegarlo, y con el tiempo esa necesidad se convirtió en una forma de vida.
Su destino cambió durante un altercado en el mercado. El conde Leofric paseaba entre los puestos acompañado de su escolta cuando Darius y Kaldus se vieron envueltos en una pelea. Para dos muchachos acostumbrados a resolver sus problemas con los puños, aquello no tenía nada de extraordinario. Sin embargo, Leofric reparó en ellos. Bajo la ropa harapienta y el aspecto de dos vagabundos, reconoció unas habilidades y una determinación que podían tener cabida en otro lugar. En vez de limitarse a castigarlos por sus actos, les ofreció una oportunidad que ninguno de los dos habría imaginado: ingresar en la Guardia del Cuervo.
Para Darius, aquella propuesta significaba mucho más que abandonar las calles. Era la posibilidad de dejar atrás una vida marcada por el hambre, la violencia y las ilegalidades que había cometido para mantener a su hermano con vida. No podía deshacer lo que había hecho, pero quizá podía demostrar que era algo más que un ladrón de los callejones de Ravenscar. La Guardia le ofrecía disciplina, propósito y un lugar al que pertenecer. Por primera vez desde la muerte de sus padres, podía imaginar un futuro que no consistiera únicamente en sobrevivir hasta el día siguiente.
«Nunca exijo a mis hombres nada que no me exigiría a mí mismo.»
