El Cuervo
Los primeros rumores sitúan su aparición en el mercado de Ravenscar. Según varios testimonios, un vagabundo llamado Amos Corvayne llegó a la villa y terminó envuelto en un incidente relacionado con un robo. Nadie parece ponerse de acuerdo sobre lo ocurrido exactamente, ni si aquel joven tuvo algo que ver.
Lo que sí se repite en los relatos es lo que sucedió después: el vagabundo no volvió a verse. En su lugar, comenzó a aparecer aquel al que llamarían El Cuervo. No existe prueba de que ambos estuvieran relacionados, sin embargo, pocos consideran casual aquella desaparición.
Quienes afirman haberlo visto de cerca describen una armadura oscura, pesada y amenazante. Sobre sus hombros cae una capa de plumas negras que oculta su silueta y alcanza el suelo. Su yelmo, alargado y rematado en una forma semejante al pico de un cuervo, basta para distinguirlo de cualquier otro hombre de armas. Jamás se ha confirmado que alguien haya visto su rostro. No hay descripción fiable de sus facciones, de sus ojos ni de ninguna marca que permita reconocerlo sin su armadura.
Las versiones sobre su naturaleza son tan numerosas como contradictorias. Hay quienes aseguran que no es humano, sino algo que ha aprendido a imitar la forma de un hombre. Otros sostienen que habla con los cuervos y que estas aves parecen mostrar un interés inusual por su presencia, siguiéndolo desde los tejados y posándose en las murallas a su paso. Algunos testimonios van más allá y afirman haber visto un cuervo blanco de ojos rojos posado sobre su hombro, una criatura tan extraña como inquietante que nunca parece apartarse de él. También circula una acusación más peligrosa: que mantiene al conde bajo amenaza y que ese es el verdadero motivo por el que puede entrar y salir de la fortaleza a voluntad. Los rumores se extienden de boca en boca, pero todos conducen al mismo punto: nadie puede confirmar su identidad, qué propósito persigue ni qué secretos oculta cada vez que atraviesa las murallas del castillo.
En las tabernas y callejones de Ravenscar, su nombre alimenta burlas, críticas y rumores. Se cuestiona su presencia, se especula sobre sus orígenes y cada encuentro se convierte en una historia más exagerada que la anterior. Mientras el Cuervo no está cerca, las lenguas se desatan. Pero hay algo que se repite en los testimonios con una insistencia inquietante. Cuando el repiqueteo del metal resuena a lo lejos, las conversaciones se apagan, las risas mueren y quienes antes se atrevían a cuestionar su existencia encuentran de pronto motivos para guardar silencio. Nadie necesita anunciar la llegada del Cuervo. Basta el sonido de sus pasos para que las burlas se conviertan en susurros y el miedo ocupe el lugar de las palabras.
«Las peores pesadillas son las que no terminan cuando despiertas.»






