Jagger Bilgewater
Jagger Bilgewater nació en Puerto Quebranto, entre callejones húmedos, tabernas inmundas y hombres que vendían su palabra por una jarra de ron. Su padre era pirata, aunque llamarlo así habría sido concederle más honor del que merecía. Un don nadie, borracho y violento, que descargaba sus frustraciones sobre su mujer y su hijo. Según cuentan, su suerte terminó el día en que lo sorprendieron robando a su propio capitán. Lo degollaron y arrojaron su cuerpo al mar, como si quisieran librarse de una rata que hubiera anidado demasiado tiempo en su barco.
Su muerte no supuso ninguna liberación para la familia. Sin un marido que aportara dinero y sin medios para alimentar a su hijo, la madre de Jagger se vio obligada a prostituirse en los peores rincones de Puerto Quebranto. Era una buena mujer, demasiado buena para el lugar en el que le había tocado vivir, y se aferró a su hijo como a lo único que todavía merecía la pena. Jagger, por su parte, creció viendo cómo la miseria devoraba poco a poco a la única persona que le había demostrado cariño.
A pesar de todo, siempre fue un buen niño. Trabajaba cuanto podía, aceptando chapuzas, cargando mercancías y haciendo cualquier encargo que le permitiera llevar algo de comida a casa. Soñaba con reunir el dinero suficiente para sacar a su madre de aquella vida. Pero Puerto Quebranto era un lugar cruel, y las pocas monedas que conseguía apenas bastaban para llenar sus estómagos durante un día más. Por las noches, cuando su madre creía que dormía, Jagger lloraba en silencio, impotente ante una realidad que ningún niño debería haber tenido que soportar.
Lo peor no era el hambre, ni el frío, ni siquiera los recuerdos de las palizas de su padre. Era tener que escuchar a hombres adultos, y a otros que apenas habían dejado de ser muchachos, presumir de lo que habían hecho con su madre a cambio de unas pocas monedas. Jagger aprendió a reconocer sus voces, sus risas y sus rostros. Aprendió también a tragarse la rabia, porque sabía que no podía enfrentarse a hombres que lo doblaban en tamaño y que no habrían dudado en romperle los huesos por atreverse a levantarles la mirada.
Tenía quince años cuando regresó una tarde con las provisiones que había conseguido comprar. Al llegar a la chabola que llamaban hogar, vio salir a uno de los clientes habituales de su madre. El hombre se marchó apresuradamente, con el rostro desencajado y sin molestarse siquiera en mirar al muchacho. Jagger no le dio importancia hasta que cruzó el umbral y encontró a su madre tendida en el suelo.
Aquel día, ella se había negado a mantener relaciones con aquel hombre. Su negativa había herido el orgullo del cliente, que respondió con una violencia brutal, hundiéndole el cuchillo en el pecho una y otra vez. Cuando Jagger llegó, ya no había nada que pudiera hacer. La mujer por la que había soportado el hambre, las humillaciones y el trabajo agotador y por la que había imaginado un futuro mejor estaba muerta. Con ella murió también el último motivo que tenía para creer que, si se esforzaba lo suficiente, el mundo acabaría recompensándolo.
«Los tiburones me conocen bien. Hace años que les doy de comer.»
