El Diablo Rojo
Kaldus nació en Ravenscar, en el seno de una familia humilde que apenas tenía lo suficiente para salir adelante. Su infancia llegó a un final prematuro cuando un brote de viruela acabó con la vida de sus padres, dejándolo huérfano junto a su hermano mayor, Darius. Con apenas seis años, Kaldus se encontró solo en un mundo que no tenía intención de mostrarle compasión. Darius, con nueve, tuvo que asumir una responsabilidad para la que ningún niño debería estar preparado: mantenerlos a ambos con vida.
Sin familia que los acogiera ni nadie dispuesto a hacerse cargo de ellos, los dos hermanos aprendieron a sobrevivir como pudieron. Mendigaban, robaban y aceptaban cualquier trabajo que pudiera proporcionarles unas monedas, incluso aquellos que los adultos preferían no reconocer en voz alta. Eran demasiado pequeños para comprender las reglas de aquel mundo, pero lo bastante mayores para entender que, si querían comer al día siguiente, tendrían que ingeniárselas por su cuenta.
Su hogar no era más que la esquina de un callejón sin salida, donde unas cuantas mantas viejas les servían de cama y los gatos callejeros eran los vecinos más habituales. Allí, entre el frío, el hambre y la suciedad, Kaldus y Darius aprendieron a depender el uno del otro. Su infancia transcurrió lejos de los juegos y las preocupaciones propias de otros niños, sustituida por la necesidad constante de encontrar algo que llevarse a la boca y un lugar donde pasar la noche sin acabar apaleados o robados por alguien más fuerte.
Pero sobrevivir no significaba salir indemne. La pérdida de sus padres y los años de miseria dejaron en Kaldus una herida que nunca supo cómo afrontar. Allí donde Darius encontró una manera de convertir el sufrimiento en disciplina y fortaleza, su hermano pequeño buscó el camino contrario: escapar de todo aquello que le recordara el pasado. Con el tiempo, desarrolló una obsesión por los placeres inmediatos, refugiándose en la lujuria, el vino y los excesos. Si la vida podía arrebatarle cualquier cosa sin previo aviso, Kaldus decidió que, mientras tuviera ocasión, disfrutaría de todo cuanto pudiera ofrecerle.
Su destino pareció cambiar cuando Leofric Ravenscar reparó en las habilidades con las armas de ambos hermanos. A pesar de sus orígenes, Darius y Kaldus poseían un talento que no abundaba entre los hombres de las calles, y el conde les ofreció la oportunidad de ingresar en la Guardia del Cuervo. Para los dos hermanos, aquello representaba mucho más que un puesto: era la posibilidad de abandonar la miseria que los había acompañado desde niños y construir una vida diferente. Sin embargo, mientras Darius encontró en la Guardia un propósito al que entregarse, Kaldus nunca consiguió adaptarse a la disciplina y las responsabilidades que exigía su nueva posición.
Su paso por la Guardia del Cuervo fue breve. Los excesos, la indisciplina y su incapacidad para mantener a raya sus propios impulsos terminaron por condenarlo. Fue el propio Leofric quien le comunicó su despido, dejando claro que su talento con las armas no bastaría para salvarlo de sí mismo. Kaldus todavía recordaría aquellas palabras: debía aprender a controlar al Diablo que llevaba dentro o su vida no seguiría un buen camino. No era una amenaza, sino una última advertencia de un hombre que había visto en él una oportunidad que estaba a punto de desperdiciar.
«Mi hermano se volvió un hombre honorable. Alguien tenía que divertirse en la familia.»
