El Tejedor de Sudarios
Nadie conoce el verdadero origen de Wymond. No hay registros de su nacimiento, familia o linaje, ni una sola historia fiable sobre la vida que llevó antes de empuñar una espada por dinero. Ni siquiera se sabe si Wymond es el nombre con el que nació o uno que adoptó cuando comenzó a recorrer los campos de batalla. Jamás ha pronunciado su apellido, y quienes han intentado averiguarlo no han obtenido más respuesta que su silencio. Para algunos, carece de importancia. Para otros, ese vacío es tan inquietante como su reputación.
Su primera aparición documentada tuvo lugar en la batalla de Valgrís, durante la guerra de los Estandartes. Por aquel entonces era apenas un adolescente que combatía como mercenario independiente al servicio del ejército de Draeven. Al término de la jornada, se le atribuían más de veinte muertes. Una cifra extraordinaria para cualquier guerrero, y casi inconcebible para alguien de su edad. Los supervivientes hablaron de un muchacho que se movía entre las filas enemigas sin vacilar, ajeno al caos que lo rodeaba. Nadie supo explicar de dónde había salido ni quién le había enseñado a luchar de aquella manera.
A partir de aquello, su nombre comenzó a extenderse de un ejército a otro. Wymond no juraba lealtad a coronas ni parecía sentir apego por ninguna causa. Combatía para quien pudiera pagar sus servicios y abandonaba una campaña cuando consideraba cumplido su cometido. Con los años, su habilidad con las armas y su extraordinaria capacidad para sobrevivir a enfrentamientos que acababan con hombres mucho más experimentados hicieron que su presencia se convirtiera en una ventaja temida por sus enemigos. Allí donde otros mercenarios buscaban gloria, tierras o títulos, Wymond parecía conformarse con seguir adelante.
Sin embargo, no fue únicamente su destreza lo que alimentó su leyenda. Tras cada batalla en la que participaba, quedaban tantos muertos que las telas disponibles apenas bastaban para cubrir sus rostros. Con el tiempo, empezó a circular una historia: allá donde luchaba Wymond, los sudarios se acumulaban hasta formar montones. Algunos decían que era una exageración nacida del miedo; otros, que los hombres que habían visto su trabajo de cerca no tenían motivos para adornar sus relatos. Lo cierto es que, campaña tras campaña, el sobrenombre terminó acompañándolo. El Tejedor de Sudarios. Un nombre que no necesitaba presentación y que, en ocasiones, bastaba para que un adversario reconsiderase si merecía la pena librar una batalla.
Wymond nunca hizo nada por desmentir aquellas historias, pero tampoco contribuyó a alimentarlas. Apenas habla, no presume de sus victorias y rara vez ofrece explicaciones sobre sus actos. Su silencio ha terminado formando parte de su fama: resulta imposible distinguir cuánto hay de cierto en las historias que circulan sobre él y cuánto han añadido quienes necesitan convertirlo en algo más que un hombre. Quienes han compartido campamento con él coinciden en una cosa: no parece interesado en que lo recuerden, aunque hace tiempo que ha dejado de tener elección.
«No temo morir, sólo me molesta que otro decida cuándo.»
