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No sé quién encontrará estas palabras cuando yo ya no esté. Quizá nadie. Quizá el tiempo las devore antes de que unos ojos curiosos lleguen a posarse sobre ellas. Si así sucede, aceptaré que esta historia muera conmigo, igual que murieron tantos recuerdos que jamás me atreví a pronunciar en voz alta. Pero si alguien las lee algún día, le ruego una única cosa: no me juzgue antes de llegar al final. Yo tampoco habría creído una sola palabra de cuanto voy a escribir si no hubiera sido la mujer que lo vivió.
Todo comenzó con un sueño.
Al principio pensé que era como cualquier otro. Un lugar extraño que desaparecía con la llegada del alba, condenado a deshacerse igual que el humo cuando el sol atraviesa la ventana. Sin embargo, aquella misma noche volví a encontrarme allí. Y la siguiente. Y la siguiente también. No tardé en comprender que no soñaba con un lugar distinto cada vez, sino con el mismo. Los senderos permanecían donde los había dejado la noche anterior, el lago seguía inmóvil bajo un cielo cubierto por estrellas que jamás había contemplado desde mi mundo y los árboles, altos y silenciosos, parecían aguardarnos con la paciencia de quienes llevan siglos observando sin ser vistos.
Él siempre estaba allí.
Nunca supe cómo llegaba antes que yo. Simplemente aparecía.
A veces lo encontraba contemplando el agua; otras, caminando entre la niebla, como si hubiera estado esperándome desde mucho antes de que yo cerrara los ojos. Durante mucho tiempo creí que no conseguía recordar su rostro al despertar. Me esforzaba por reconstruirlo mientras amasaba el pan o lavaba la ropa junto al río, convencida de que bastaría un instante de concentración para devolverle sus facciones. Fue él quien me enseñó a escribir. Decía que algún día necesitaría dejar algo de mí atrás, algo que pudiera sobrevivir a mi propia voz. Con el paso de las semanas comprendí que el problema no era mi memoria. Era él. Su rostro permanecía siempre oculto por una sombra suave que jamás llegaba a disiparse, como si el propio sueño se negara a concederme aquel último detalle. Al principio apenas hablábamos. Caminábamos uno junto al otro por aquellos senderos interminables sin sentir la necesidad de llenar el silencio. Nunca me resultó incómodo. Había algo en su presencia que apaciguaba mis pensamientos, como si el peso de los días desapareciera en cuanto lo encontraba esperándome junto al lago o bajo la sombra de aquellos árboles inmensos. A veces me preguntaba si él sentiría lo mismo o si, por el contrario, yo no era más que otra figura pasajera en aquel extraño lugar. Nunca reuní el valor suficiente para preguntárselo.
Con el tiempo empezamos a conocernos a través de pequeños detalles. Yo le hablaba de mi pueblo, de las cosechas que nunca eran tan abundantes como mi padre esperaba y de las primeras heladas que cada invierno amenazaban con arruinar el trabajo de todo un año. Le contaba cómo mi madre llenaba la casa con el olor del pan recién hecho antes de que amaneciera y cómo mi hermano menor insistía en perseguir a las gallinas aunque jamás consiguiera atrapar una sola. Él escuchaba cada palabra con una atención que nadie me había dedicado nunca, como si aquellas historias corrientes fueran dignas de ser recordadas durante siglos.
Cuando terminaba de hablar, era él quien comenzaba. Me describía lugares que yo era incapaz de imaginar. Bosques donde los árboles crecían tan altos que sus copas ocultaban el cielo durante días enteros. Montañas cuya cima permanecía iluminada incluso en mitad de la noche. Lagos de aguas serenas, tan pulidas que reflejaban las estrellas con más claridad que el propio firmamento. Nunca utilizaba nombres. Nunca decía dónde estaban.
A veces intentaba descubrir algo más sobre él. Le preguntaba dónde vivía, quiénes eran sus padres o por qué siempre parecía conocer el camino antes incluso de que empezáramos a andar. Bastaba escuchar el tono de su voz para comprender que aquellas preguntas despertaban algo en él, una melancolía que nunca llegué a entender. Después desviaba la conversación con una habilidad que terminé aceptando como parte de su forma de ser. Nunca mentía. Simplemente encontraba la manera de responder sin revelar aquello que yo realmente quería saber.
Una noche reuní el valor suficiente para preguntarle su nombre. Recuerdo perfectamente el momento. Caminábamos junto al lago y el agua permanecía tan quieta que parecía un espejo de cristal. Pensé que, si iba a compartir mis sueños con aquel hombre durante el resto de mi vida, al menos merecía saber cómo llamarlo. Así que, casi sin atreverme a hacerlo, terminé preguntándoselo.
Él se detuvo y permaneció largo rato contemplando la superficie del lago, como si buscara allí una respuesta que no era capaz de encontrar. Nunca conseguí distinguir con claridad su rostro, pero aquella noche comprendí que mi pregunta le había hecho daño. Había algo en su silencio, en el peso que parecía cargar sobre los hombros y en el tiempo que dejó pasar antes de responder que me hizo desear no haber abierto la boca. Cuando al fin habló, lo hizo con una tristeza que todavía hoy soy capaz de recordar. Me dijo que no podía decírmelo. Nada más. Ninguna explicación. Ninguna excusa. Solo aquellas palabras.
Me apresuré a pedirle perdón, avergonzada por haber insistido donde no debía. Él negó despacio con la cabeza y me aseguró que no tenía nada que perdonarle, que la culpa no era mía. Después continuó caminando junto al lago como si la conversación nunca hubiera existido, y yo hice lo mismo.
Desde aquella noche jamás volví a preguntarle por su nombre. Tampoco por el lugar del que venía, ni por las personas que habría dejado atrás, ni por el motivo que lo llevaba a aparecer cada noche en aquel bosque. Descubrí que era mucho más feliz escuchándolo hablar de cualquier cosa que tratando de arrancarle respuestas que jamás estaba dispuesto a darme. Poco a poco dejé de buscar al hombre que ocultaban sus silencios y aprendí a querer al que caminaba junto a mí. Bastaba con escuchar su voz pronunciando mi nombre para que todo cuanto pertenecía al mundo al que despertaba cada mañana perdiera importancia. Mientras permanecíamos juntos, el tiempo dejaba de existir.
No podría decir cuándo ocurrió. Nadie puede señalar el instante exacto en que deja de contemplar un amanecer cualquiera para descubrir que es el más hermoso de su vida. El amor llegó del mismo modo: sin hacer ruido, sin anunciarse, casi sin pedir permiso. Una noche descubrí que mi corazón se aligeraba antes incluso de percibir su presencia entre la niebla. Otra advertí que el simple sonido de su voz bastaba para hacer desaparecer el cansancio de todo un día. Y una mañana, mientras amasaba el pan junto a mi madre, me sorprendí preguntándome qué estaría haciendo él en aquel mismo instante, si en su mundo también existirían las mañanas o si tendría que esperar, igual que yo, a que llegara la noche para volver a encontrarnos.
Fue entonces cuando sentí verdadero miedo. No porque ignorara quién era, ni porque desconociera el lugar del que procedía, sino porque comprendí que ya no esperaba el anochecer para dormir. Lo esperaba para volver a encontrarme con él. Y supe, incluso antes de atreverme a admitirlo ante mí misma, que mi corazón había comenzado a pertenecer a un hombre cuyo rostro jamás había visto con claridad y cuyo nombre nunca llegaría a conocer.
Durante algún tiempo llegué a creer que aquella felicidad no tendría final. Las noches comenzaron a confundirse unas con otras hasta el punto de que me habría resultado imposible distinguir dónde terminaba un recuerdo y comenzaba el siguiente.
Fue una de aquellas noches cuando, mientras caminábamos junto al lago, me pidió algo que jamás olvidaré. Me dijo que al día siguiente no debía dormirme. Recuerdo haber soltado una pequeña risa, convencida de que estaba bromeando. Le respondí que, si no dormía, no podría volver a encontrarlo. Permaneció en silencio unos instantes y entonces pronunció unas palabras que hicieron que el mundo pareciera detenerse a mi alrededor. Me dijo que no sería necesario, porque al caer la noche sería él quien iría a buscarme a mi mundo.
No supe qué responder. Durante semanas me había acostumbrado a aceptar que los sueños obedecían leyes que jamás lograría comprender, pero aquello era distinto. Aquello era imposible. Le pregunté cómo podía suceder algo así y él únicamente me pidió que confiara en él. Me dijo que, cuando el sol desapareciera tras las montañas, debía subir a la colina que se alzaba al este del pueblo y esperar. Añadió que no debía asustarme si aquella noche la luna adquiría el color de la sangre, porque sería precisamente bajo esa luz donde volveríamos a encontrarnos.
Desperté con el corazón desbocado. Durante buena parte de la mañana llegué a convencerme de que todo había sido un sueño distinto a los demás, una fantasía nacida de mi propio deseo. Sin embargo, antes incluso del mediodía comenzaron a llegar noticias desde las aldeas cercanas. Los ancianos hablaban de un extraño presagio. Decían que aquella noche la luna se teñiría de rojo y que, bajo su luz, unas alas negras volverían a cruzar el cielo, como ya había ocurrido en tiempos tan remotos que nadie conservaba un recuerdo verdadero de ellos. Algunos cerraron las puertas de sus casas antes de que anocheciera. Otros pasaron el día rezando. Mi madre me pidió que no saliera aquella noche bajo ningún concepto. Yo asentí, aunque en mi interior ya sabía que nada habría podido impedirme subir a aquella colina.
Recuerdo cada paso de aquel camino. El viento agitaba la hierba con suavidad y el cielo comenzaba a oscurecerse sobre mi cabeza mientras el pueblo desaparecía poco a poco a mi espalda. Cuando alcancé la cima no encontré a nadie. Solo una inmensa pradera silenciosa extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Esperé largo rato preguntándome si todo aquello no habría sido más que el deseo desesperado de una muchacha enamorada.
Entonces apareció la luna. Nunca he vuelto a contemplar una igual. Era tan grande y tan intensamente roja que durante un instante tuve la absurda sensación de que el cielo entero se había abierto sobre mi cabeza. Todo quedó en silencio. Incluso el viento pareció contener la respiración.
Y entonces lo vi. No apareció entre la niebla como en nuestros sueños. Simplemente caminaba hacia mí desde el otro extremo de la colina, igual que cualquier hombre caminaría hacia la mujer que ama después de demasiado tiempo separado de ella.
Yo también eché a andar. Ninguno de los dos corrió. No hacía falta. Después de tantas noches esperándonos, unos pocos pasos más no significaban nada. Cuando por fin llegamos el uno frente al otro, no hablamos. No había palabras capaces de describir lo que sentíamos. Recuerdo que levanté una mano con timidez, temiendo que, igual que ocurría en los sueños, mis dedos fueran a atravesar el vacío. No fue así. Sentí el calor de su piel y, por primera vez desde que lo conocía, pude contemplar con claridad el rostro que durante tantas noches me había sido imposible recordar al despertar. Durante un instante fui incapaz de moverme. Había esperado aquel momento durante tantas noches que, cuando por fin ocurrió, solo pude cerrar los ojos y aferrarme a su mano como si temiera despertar.
Aquella noche caminamos durante horas sin un rumbo concreto, descubriendo con una mezcla de asombro y alegría todas aquellas pequeñas cosas que hasta entonces nos habían sido negadas. Nos abrazábamos cada pocos pasos, como si necesitáramos convencernos una y otra vez de que aquello era real. Reíamos por cualquier tontería, nos deteníamos a contemplar el cielo o el movimiento de la hierba mecida por el viento y hablábamos de nuestros mundos con la misma curiosidad con la que dos niños descubren algo por primera vez. Durante unas horas olvidé que existía un pueblo esperándome al amanecer, olvidé los miedos, las dudas y las preguntas que durante tanto tiempo me habían acompañado. Solo existíamos él y yo bajo aquella luna roja que parecía haber detenido el tiempo para concedernos una única noche juntos. No sabría decir en qué momento dejamos de hablar. Hay recuerdos que el paso de los años desdibuja y otros que permanecen grabados con una claridad casi dolorosa. Aquel pertenece un poco a ambos. Recuerdo el frío de la madrugada descendiendo sobre la colina, el roce de su frente contra la mía y la forma en que sus manos buscaron las mías con una ternura que nunca antes había conocido. Después nos abrazamos y dejamos que el silencio hablara por nosotros. Aquella noche nos entregamos el uno al otro con la inocencia de quienes aman por primera vez y con la certeza, propia de la juventud, de que nada podría arrebatarnos jamás aquella felicidad.
Permanecimos juntos hasta que las primeras luces del alba comenzaron a asomar tras las montañas. Fue entonces cuando advertí que algo había cambiado en él. Seguía abrazándome con la misma calidez de siempre, pero sus ojos permanecían fijos en el horizonte, como si el amanecer trajera consigo una verdad que llevaba demasiado tiempo evitando. Permanecimos largo rato en silencio, hasta que finalmente me confesó que había algo que debía decirme antes de marcharse. No podía revelarme su nombre, me explicó, porque hacerlo tendría consecuencias que ni siquiera él alcanzaba a comprender. Sin embargo, sí podía confiarme aquello que algún día debería perdurar más allá de su propia vida. Entonces pronunció una única palabra.
Corvayne.
Me explicó que era su apellido y me pidió que jamás lo olvidara. No entendí por qué era tan importante para él. Pensé que solo deseaba dejarme un recuerdo de aquella noche por si el destino volvía a separarnos. Le prometí que jamás lo olvidaría.
Permanecimos abrazados unos instantes más, como si ninguno de los dos quisiera ser el primero en romper aquel último silencio. Cuando el sol comenzó a asomar tras las montañas, me besó la frente y permaneció unos instantes en silencio antes de decirme que había llegado el momento de marcharse. Quise pedirle que se quedara. Quise preguntarle cuándo volvería a verlo. Pero algo en su mirada me hizo comprender que ni él mismo conocía la respuesta. Así que me limité a sonreír, sostuve su mano por última vez y lo vi alejarse colina abajo hasta que su figura terminó por desaparecer entre la niebla de la mañana.
Aquel fue el día más feliz de toda mi vida. Regresé al pueblo incapaz de contener la sonrisa y pasé las horas reviviendo una y otra vez cada palabra, cada abrazo y cada instante que habíamos compartido. Todo cuanto me rodeaba parecía distinto. El aire olía más limpio, el cielo era más hermoso y hasta el murmullo del viento parecía acompañar la alegría que llevaba dentro. Durante años había deseado que llegara aquel momento y, cuando por fin ocurrió, sentí que nada volvería a separarnos.
Esa noche me acosté con la impaciencia de una niña. Cerré los ojos convencida de que volvería a encontrarlo allí, en aquel lugar donde nuestros sueños siempre habían conseguido reunirse. Sin embargo, él no estaba. Lo busqué durante lo que me pareció una eternidad, recorrí una y otra vez los senderos por los que tantas veces habíamos caminado y lo llamé por su apellido, esperando escuchar su voz al otro lado del silencio. Pero nadie respondió. Desperté sobresaltada, con una inquietud que no supe explicar y con la extraña sensación de que algo había cambiado para siempre.
Pasaron las semanas y, aunque él nunca volvió a aparecer en mis sueños, seguí aferrándome a la esperanza de que algún día regresaría. Me repetía que existían cosas que escapaban a mi comprensión y que, si el destino había sido capaz de unir dos mundos durante una sola noche, también encontraría la forma de volver a hacerlo. Aquella esperanza fue lo único que me impidió abandonar por completo la colina desde la que nos habíamos despedido. Regresé muchas veces. Algunas al amanecer, otras bajo la luz de la luna. Siempre esperaba verlo aparecer entre la niebla, sonriendo como la primera vez. Nunca ocurrió.
Fue poco después cuando mi cuerpo comenzó a cambiar. Al principio no le di importancia. Pensé que el cansancio, la tristeza o las largas caminatas hasta la colina estaban pasándome factura. Sin embargo, las semanas siguieron avanzando y terminé comprendiendo una verdad que hizo que el miedo y la felicidad se disputaran un lugar en mi corazón.
Estaba embarazada.
Recuerdo que apoyé una mano sobre mi vientre sin saber si debía reír o llorar. Él había desaparecido, pero una parte de aquella noche seguía conmigo. No sabía si volvería a verlo alguna vez, pero ya no estaba sola. Dentro de mí crecía el único recuerdo que el tiempo jamás podría arrebatarme, el último regalo del hombre al que solo había podido llamar por un apellido.
Decidí seguir adelante con el embarazo, aunque nadie comprendiera mi decisión. Mi familia trató de hacerme entrar en razón una y otra vez. Querían saber quién era el padre, de dónde había 18 salido y por qué nunca había regresado. Intenté explicarles la verdad, pero cuanto más hablaba, más preocupación veía en sus rostros. Nadie creyó la historia de los sueños, de la luna roja ni del hombre que pertenecía a otro mundo. Con el tiempo dejaron de intentar entenderme y comenzaron a compadecerme. Decían que me había aferrado a una fantasía para no aceptar que el padre de mi hijo jamás volvería. Yo nunca les respondí con enfado. Simplemente sonreía y repetía lo mismo una y otra vez: algún día volverá a por nosotros. Lo creí entonces. Y sigo creyéndolo cada mañana al despertar.
Los meses fueron pasando y mi esperanza crecía al mismo ritmo que la vida que llevaba en mi interior. A menudo subía hasta la colina donde nos habíamos conocido por última vez y permanecía allí durante horas, convencida de que, si algún día lograba regresar, ese sería el primer lugar en el que me buscaría. Imaginaba el momento en que le pondría a nuestro hijo entre los brazos y le diría que había cumplido su promesa, que jamás había olvidado el apellido que me confió al amanecer. Aquellos pensamientos fueron suficientes para sostenerme cuando todos los demás dejaron de creer.
Pero el destino tenía preparado un juicio mucho más cruel que el de cualquier hombre.
El día del parto llegó acompañado por un silencio que jamás he conseguido olvidar. No escuché el llanto que toda madre espera oír. Nadie pronunció una palabra durante varios segundos. Bastó mirar el rostro de la comadrona para comprender la verdad antes de que nadie tuviera que decirla.
Mi hijo había nacido muerto.
Aquel día también murió una parte de mí.
No recuerdo cuánto tiempo pasé llorando. Apenas conservo fragmentos de aquellos días, como si el dolor hubiera decidido borrar de mi memoria todo lo que ocurrió después. Solo hay un recuerdo que permanece intacto. Fui yo misma quien llevó su pequeño cuerpo hasta la colina donde había visto por última vez al hombre al que amé. Allí, bajo la misma tierra que había contemplado nuestro primer abrazo y la única noche que el destino nos permitió compartir, cavé una tumba con mis propias manos y lo enterré mientras el viento agitaba la hierba a mi alrededor.
Desde entonces han pasado cuarenta años.
Cuarenta años subiendo a esa colina. Cuarenta años durmiéndome con la esperanza de volver a encontrarlo en mis sueños. Cuarenta años despertando sin escuchar su voz. Muchos dirán que fui una necia, que desperdicié mi vida esperando a un hombre que nunca existió. Otros pensarán que la pena terminó por arrebatarme la razón hace demasiado tiempo.
Puede que tengan razón. Y, sin embargo, jamás perdí la esperanza. Porque hay una promesa que jamás dejé de creer.
Que algún día volverá.
Si estas palabras han llegado hasta ti, es porque yo ya no estaré para verlo con mis propios ojos. Pero si alguna vez un hombre que lleva el apellido Corvayne pregunta por mí... dile que lo esperé hasta mi último aliento. Dile que nunca rompí la promesa que le hice al amanecer.
Y dile... que seguí amándolo toda mi vida.