Consultando el archivo de criaturas...
Consultando el archivo de criaturas...
Registro del Onirario · Hóstil
He contemplado unas fauces colosales, rematadas por un pico negro y afilados dientes, que surgieron de una inmensa grieta. Apenas distinguí su enorme silueta alada antes de que me engullera; o eso creo.
Anotaciones
No encuentro palabras adecuadas para describir aquello que surgió de la grieta.
He visto criaturas en este lugar que desafían cuanto creía conocer sobre la forma y la naturaleza de los seres vivos. Algunas parecen hombres deformados; otras, animales alterados hasta resultar irreconocibles. Pero lo que apareció aquella noche pertenecía a una categoría completamente distinta. No sé siquiera si debería considerarlo un animal.
Todo comenzó con una inmensa abertura en aquel vacío oscuro que se extendía más allá de lo que alcanzaba a comprender. Después aparecieron las fauces.
Un pico negro, desmesurado, cubierto de dientes afilados. No puedo asegurar que aquello fuera realmente un pico, aunque su forma me recordó al de un ave. Sin embargo, ninguna criatura que yo haya conocido podría albergar semejante boca. Los dientes se amontonaban en su interior, demasiado numerosos y demasiado irregulares para pertenecer a un animal ordinario.
Por un instante distinguí unas alas negras, enormes, que parecían extenderse mucho más allá de lo que mi vista podía abarcar. No sé si llegué a contemplar el cuerpo entero o si mi mente intentó dar forma a una presencia que no estaba preparada para comprender.
La criatura se abalanzó sobre mí.
No recuerdo haber tenido tiempo de reaccionar. Las fauces se cerraron a mi alrededor y, durante un instante, tuve la certeza de que iba a morir. No había lugar al que huir ni fuerza con la que enfrentarme a semejante ser. Su tamaño convertía cualquier intento de resistencia en una estupidez.
Después, todo desapareció.
Cuando recuperé la conciencia, volvía a encontrarme en el Páramo. La grieta había desaparecido. También las fauces. El silencio había regresado, como si nada hubiera ocurrido.
Pero algo permanecía.
Plumas.
Decenas de ellas descendían lentamente a mi alrededor, balanceándose en el aire antes de posarse sobre la roca desnuda. Eran negras, aunque la luz de la luna roja arrancaba de sus barbas unos matices rojizos, como los rescoldos de un fuego que se hubiera extinguido hacía mucho tiempo. Me agaché y recogí una. Era mucho más grande y densa que cualquier pluma de ave que hubiera visto.
La conservé durante un tiempo entre los dedos, incapaz de apartar la mirada.
No sé si aquella criatura me devoró y después me devolvió a este lugar, si todo ocurrió dentro de un sueño o si existe alguna diferencia entre ambas posibilidades. Solo sé que el recuerdo permanece y que las plumas estaban allí cuando volví.
¿Qué era?
¿Un habitante del Páramo, como los otros seres que he encontrado? ¿Algo que se oculta más allá de sus límites y que solo puede manifestarse bajo ciertas circunstancias? ¿O una presencia que no debería haber visto jamás?
No tengo respuestas.
Por ahora, solo puedo registrar lo poco que sé: una grieta, unas fauces imposibles, unas alas que apenas alcancé a distinguir y unas plumas demasiado grandes para pertenecer a cualquier ave conocida.
No volveré a fingir que comprendo este lugar.
Hay cosas en el Páramo cuya existencia apenas puedo soportar. Y empiezo a sospechar que lo que he visto hasta ahora no es más que una pequeña parte de aquello que habita en él.