Consultando el archivo de criaturas...
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Registro del Onirario · Neutral
He encontrado a una niña de unos ocho o nueve años que camina descalza por el Páramo, cargando una pequeña cesta y tarareando una melodía melancólica.
Anotaciones
Creía haber comenzado a acostumbrarme a las cosas que habitan este lugar. Me equivocaba.
La niña apareció entre la niebla poco después de mi encuentro con aquella criatura surgida de la grieta. Era pequeña, de unos ocho o nueve años, y caminaba descalza sobre la roca desnuda como si el frío, la aspereza del terreno y la ausencia de cualquier camino no fueran motivos de preocupación.
Llevaba una vieja capa con capucha que apenas permitía distinguir su rostro y una pequeña cesta colgada de un brazo. Avanzaba dando pequeños saltitos mientras tarareaba una melodía lenta, sin palabras. Había algo triste en aquella música, aunque ella parecía caminar con la despreocupación de quien pasea por un lugar perfectamente conocido.
No gritó al verme. No retrocedió. Ni siquiera pareció sorprenderse de encontrar a otro ser en mitad de aquella llanura desolada.
Pero no estaba sola.
Tras ella caminaba una criatura de dimensiones enormes. No encuentro una comparación mejor que la de un oso, aunque la semejanza termina ahí. Sus patas eran demasiado largas y sus hombros se alzaban varios cuerpos por encima de la niña. Un pelaje negro, apelmazado, cubría aquella masa de carne, interrumpido por espinas óseas y jirones de piel que parecían confundirse con las sombras.
Su cabeza era aún peor. Tenía los ojos completamente blancos y una boca desmesurada, repleta de hileras de dientes irregulares. Caminaba despacio, manteniendo siempre la misma distancia respecto a la niña. Ni se adelantaba ni se retrasaba. No parecía necesario que ella le ordenara seguirla.
Me quedé inmóvil cuando ambos se aproximaron.
La niña pasó a mi lado sin mirarme. Durante un instante dejó de tararear y levantó ligeramente la cabeza hacia la criatura que caminaba tras ella.
—¿Has visto, Bobby?
Guardó silencio apenas un momento.
—Ahora ya huele como nosotros.
Después reanudó su marcha, dando pequeños saltitos y tarareando aquella misma melodía. Bobby continuó siguiéndola con su paso lento e inalterable. Ambos se alejaron hasta desaparecer entre la niebla rojiza.
No intenté detenerlos.
Todavía no sé qué me inquieta más: la criatura que la acompañaba o la propia niña. Bobby era, sin duda, una aberración. Sin embargo, ella se comportaba como si su presencia fuera lo más natural del mundo. No mostraba miedo, rechazo ni la menor señal de estar siendo obligada a caminar a su lado.
¿Era su guardián? ¿Su compañero? ¿Su carcelero? No tengo pruebas para sostener ninguna de estas posibilidades.
Tampoco sé qué quiso decir con aquellas palabras. ¿Qué significa que ahora huelo como ellos? ¿Se refería a mi presencia en el Páramo, a algo que me ha sucedido allí o a una naturaleza que ni siquiera yo conozco?
La niña no volvió la cabeza para mirarme. No necesitó hacerlo.
He visto criaturas que parecían temerme y otras que se han acercado como si reconocieran algo en mí. Pero aquella niña fue la primera en hablar de ello con tanta naturalidad, como si el cambio del que hablaba fuera evidente y no mereciera explicación alguna.
No sé quién es. No sé de dónde viene ni adónde se dirige.
Solo sé que camina descalza por un lugar en el que nada debería crecer, acompañada por una bestia que podría despedazar a un hombre sin esfuerzo, y que ambas figuras se desvanecieron en la niebla como si el Páramo les perteneciera.
No creo que aquella niña estuviera perdida. Empiezo a sospechar que, en este lugar, los perdidos somos los demás.