Consultando el archivo de criaturas...
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Registro del Onirario · Desconocida
Percibo respiraciones, pasos y el roce de unas garras entre la niebla, pero nunca consigo distinguir a sus dueños.
Anotaciones
No siempre es necesario ver algo para saber que está ahí.
Hasta ahora había encontrado criaturas cuya forma, por monstruosa que fuera, podía describir. Había observado sus cuerpos, sus movimientos y la manera en que reaccionaban ante mí. Pero existe algo en el Páramo que todavía no he conseguido contemplar directamente, algo que permanece oculto más allá de lo que alcanza mi vista.
La niebla.
No me refiero a la bruma rojiza que se arrastra sobre la roca y cubre el horizonte. Hablo de aquello que se mueve dentro de ella.
En una de mis últimas incursiones, después de que la niña y su acompañante desaparecieran, continué caminando sin rumbo. No había avanzado demasiado cuando escuché una respiración a lo lejos. Después otra. Luego una tercera.
Me detuve a escuchar.
Había pasos apagados, el roce de unas garras sobre la roca y la respiración pesada de algo enorme que se desplazaba en algún punto cercano. No conseguía determinar de dónde procedían los sonidos. La niebla era demasiado espesa y las formas que creía distinguir desaparecían antes de que pudiera reconocerlas.
Sin embargo, sabía que no estaba solo.
Había criaturas por todas partes. Decenas. Tal vez centenares. Algunas permanecían ocultas en la bruma; otras parecían moverse lentamente a mi alrededor, siempre fuera de mi alcance. No sé cómo llegué a percibir su presencia. No distinguía sus cuerpos ni podía seguir sus movimientos, pero tenía la certeza de que estaban allí.
Entonces escuché las voces.
Una surgió a mi izquierda.
«La sangre recuerda el camino».
Me volví de inmediato, pero no encontré a nadie.
Otra voz habló a mi espalda.
«Tu sombra sabe quién eres».
No había ninguna figura detrás de mí. Solo niebla y aquellas formas imprecisas que parecían desplazarse más allá de mi vista.
La tercera voz surgió frente a mí, tan cerca que el susurro pareció rozarme el rostro.
«No tenías que despertar».
No sé quién pronunció aquellas palabras. Ignoro si pertenecían a una misma criatura, a varias o a algo que no necesita un cuerpo para hacerse oír. Tampoco sé si aquellas presencias eran las responsables de los sonidos que había escuchado antes.
No puedo afirmar que todas las criaturas ocultas en la niebla sean iguales. Tal vez entre ellas existan seres muy distintos, algunos enormes y otros pequeños, algunos capaces de hablar y otros que ni siquiera posean una voz. Por ahora, todo cuanto puedo hacer es registrar los indicios que dejan tras de sí.
Hay algo que me preocupa más que su número.
Las palabras que pronunciaron no parecían dirigidas a un desconocido. Hablaban de mi sangre, de mi sombra y de algo que no debería haber hecho: despertar.
No sé qué saben de mí. No sé si me conocen o si sus palabras tienen un significado distinto del que alcanzo a comprender.
Pero, por primera vez, he tenido la impresión de que no era yo quien observaba el Páramo.
Era el Páramo el que me observaba a mí.
No puedo dibujar aquello que no he visto. Por ahora, estas páginas tendrán que conformarse con los sonidos que he escuchado y con la certeza de que, detrás de la niebla, hay mucho más de lo que mis ojos pueden alcanzar.